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Opinión

72 horas, 300.000 personas: Si el rock puede, ¿por qué la electrónica no?

OPINIÓN | Rock al Parque y el Distrito demostraron que realizar uno de los mejores festivales del continente es posible, y gratis.

Noisey Colombia


Esta columna fue publicada originalmente en Noisey Colombia*

Esto va para usted, que asistió, vibró y se la rompió: Rock al Parque no le pertenece a Bogotá. Tampoco le pertenece al Distrito. Y tampoco, vaya fortuna, es propiedad del alcalde Enrique Peñalosa.

Rock al Parque es suyo. Es de todos.

Y es suyo porque, como quedó claro el fin de semana en el Parque Simón Bolívar, es una creación colectiva. Quienes estuvimos allá, nos dimos cuenta de que en el fondo poco importa que el cartel no hubiera sido el mejor; ni que el gobierno de la ciudad tenga tantas controversias; ni que a la policía la gente no la quiera tanto; ni que hubiera habido tantas y tan insoportables fallas en el sonido. Rock al Parque es una obra viva, una gran pintura que emerge y desaparece en 72 horas, ejecutada por las 300.000 personas que asistieron a las 65 funciones.

Usted, como nosotros, sabe que vivir en Colombia puede ser un lastre. Nos la pasamos demasiado atormentados por lo jodida que es la vida, por lo hostil e intolerante que nos hemos vuelto como sociedad. Ese agobio, sin embargo, estuvo ausente en los tres días que duró Rock al Parque. Y si por ahí apareció, fue solo para salir despedido en un desahogo colectivo. Eso es este festival. No "el más importante de América Latina", como repitió tercamente una voz durante las pausas entre los toques. Rock al Parque es la expresión más genuina que hayamos visto de lo que es una buena parte de Colombia.

Lo es, en primer lugar, porque es la gran congregación de las denominadas subculturas, las cuales no son más que la expresión más diversa y auténtica que tiene la vida urbana nacional. Estuvieron todos: los metaleros con sus cuidadas melenas; los punkeros con sus crestas apuntando al cielo; los adeptos del hardcore, el ska, el reggae y el rock menos pesado, y también, por qué no, los eclécticos: invisibles, sin filiaciones férreas, unidos a los demás en medio de las multitudes que colmaron día y noche el espacio frente a las tarimas, o en medio de los torbellinos repentinos que formaron los pogos.

Rock al Parque es un evento auténtico, también, porque es un reflejo de lo que es Bogotá: la ciudad que, querámoslo o no, representa al país entero. Abundante, rica y diversa, enrevesada, tormentosa y conflictuada, pero siempre dispuesta a mirar hacia adelante. Estos mismos rasgos describen a Rock al Parque: puede tener sus fallas, puede ser imperfecto, pero es creativo y palpitante. Por la carpa de NOISEY Colombia pasó más de un artista extranjero que nos dijo: "Lo que ustedes tienen no tiene igual". Y algo similar nos dijeron los colombianos de otras regiones que viajan en caravanas hasta doce horas solo para bolear mecha durante los tres días: "Valoren lo que tienen, rolos".

Rock al Parque es una obra viva, una gran pintura que emerge y desaparece en 72 horas, ejecutada por las 300.000 personas que asistieron a las 65 funciones

Rock al Parque es una obra viva, una gran pintura que emerge y desaparece en 72 horas, ejecutada por las 300.000 personas que asistieron a las 65 funciones

El fin de semana comprobamos, una vez más, que más allá de la música Rock al Parque es un acercamiento al otro. Un abrazo colectivo. Una búsqueda de identidad, y un encuentro con esta, quizá demasiado corto. Debajo de las crestas y las greñas, debajo de los puños y las patadas, debajo del pogo, se oculta, por unos días, un ritual de salvación y reconciliación. ¿O recuerdan ustedes cuándo fue la última vez que vio a dos desconocidos abrazarse y sonreír después de haberse descargado a golpes contra el otro?

Y todo, gratis.

O más bien: porque Rock al Parque es gratis pudimos ver y cubrir todo esto. Poco se ve en un festival de música, tanta diversidad de origen, de gustos, de saberes, de clases sociales, de orientaciones políticas. Otros eventos de música traen consigo el pecado de cobrar mucho y tener un público homogéneo. Acá no. Si uno se pone a pensar un instante en la esencia de Rock al Parque, si uno deja de lado las deficiencias del cartel o los malos tragos de algunas decisiones, lo que queda de manera transparente (e increíble) es eso: para ver a un artista uno hace una fila y entra. El resto es historia.

Mal haría la administración (alguna, no solo la de Peñalosa) en querer pensar un espacio distinto. Concebido por Julio Correal y Mario Duarte en 1994, Rock al Parque ha alcanzado la gracia divina de no ser de nadie, de ser una de esas obras que se vuelven patrimonio de la humanidad: un libro escrito en colaboración. Ahora nos toca cuidarlo. Y esa labor sí será crítica para las administraciones, los jurados y los ciudadanos que asisten en paz. Este festival ya evolucionó demasiado como para dejarlo morir.

Porque, al final, de eso se trata. De vernos, reconocernos y vibrar juntos, así sea solo por unas horas.

Gracias, Rock al Parque. El año que viene nos veremos las caras.

Vea aquí todo el cubrimiento de NOISEY Colombia de Rock al Parque 2017.

* Este es un espacio de opinión. No representa la visión de Vice Media Inc.

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