Quantcast
Fotografía: Instagram @danielsaynt

Seth Troxler me bateó de su fiesta y esto fue lo que aprendí

Michelle Lhooq

Michelle Lhooq

Ser rechazada en la puerta me enseñó el significado de la vida nocturna.

Fotografía: Instagram @danielsaynt

Este artículo se publicó originalmente en THUMP EUA.

En la vida nocturna, hay algunos tipos de fiestas que se enorgullecen de no dejarte entrar. Algunas veces, esas fiestas son realmente chidas. Otra veces, apestan y solo quieren dar la ilusión de que son buenas fiestas. Sin importar nada, aun y que pretendas que no te importa una mierda, lograr pasar al cadenero siempre trae consigo una dosis de adrenalina. Te inundas con ese sentimiento que siempre persigues: el sentido de pertenencia.

La idea detrás de las estrictas políticas de acceso es que si quieres pasar una realmente buena fiesta, no puedes dejar entrar a cualquier persona, especialmente si son idiotas que muy probablemente van a molestar a todos. El Berghain es el ejemplo más obvio de este tipo de dinámica; cadeneros sin expresión que detienen a todos los "básicos" en la puerta y privilegian a los freaks, queers y personas de color. El club también es portavoz de la igualdad –una vez el cadenero me dijo "todos pueden entrar al Berghain, pero a la vez no todos pueden"– e incluso celebridades como Conan O'Brien y Felix Da Housecat les ha tocado un rotundo "nein" en la puerta.

Por otro lado, entrar a la cacería de celebridades en los VIPs en antros como el Hakkasan de Las Vegas o el 1oak de Nueva York es una cacería de estatus. Estos clubs son microcosmos donde se determina tu lugar en la pirámide cultural a base de lo más superficial: ¿A quién conoces? ¿Qué estás vistiendo? ¿Cuánto dinero tienes? ¿Con quién estás cogiendo?

Como periodista musical, estoy agradecida de tener ciertos privilegios que la gente fuera de la industria no tiene, como accesos a las listas de invitados, relaciones con DJs y publicistas, e incontables fines de semana de fiesta.

Desafortunadamente, esta semana cuando me lancé al after de la fiesta "Need I Say More" de Seth Troxler en Detroit, nada de esto significó nada.

@stroxler just walked us into the party. Skipped a two hour line. Once he walked us in, announced that the venue was at capacity. Next time you're in New York brother, I got you. #detroit #movement #movementdetroit

A post shared by Daniel Saynt (@danielsaynt) on

Antes de convertirse en el Vinnie Chase fiestero del mundo del tech house, Seth Troxler vivió en los suburbios de Detroit. A los 15, se consiguió un empleo en una tienda de discos local llamada Melodies and Memories, con Theo Parrish y Mike Huckaby como compañeros. Mientras trabajaban en la tienda, Seth conoció a Ryan Crosson, quien llegó a comprar viniles, y más tarde conoció a Lee Curtis y a Shaun Reeves. Juntos en el 2011, fundaron la disquera Visionquest, lanzando álbums de amigos como Benoit & Sergio y Tale of Us y se hicieron conocidos por ese tech house lento y expansivo que los caracteriza.

En 2006, el crew empezó a tirar fiestas en el Old Miami, un bar de veteranos en Detroit, durante el festival Movement. La reunión anual, a la que todos le llamaron Old Miami, resulta conocido para todos aquellos que vivieron en la época.

Parece que todos los ravers tienen una historia loca en el Old Miami. Un amigo me dijo que accidentalmente le lanzó un hot dog a un extraño solo para que lo recogiera y se lo comiera. Otro amigo ligeramente cerró sus ojos estando en el dancefloor y le lanzaron un bote de basura en la cara. Si, ese tipo de vibra.

Fotografía: dentro del Old Miami. Por Rebecca Victor.

Hay que sumarle a su decadencia que el Old Miami es conocido por otra cosa: una terriblemente larga fila en la puerta. La fiesta se acaba a las 7 AM del Lunes, pero aún así cientos de personas están esperando entrar y esperar por horas debajo del maldito sol por solo una esperanza de pasarla bien ahí –quizás es este el testamento del éxito de Seth Troxler como una marca. Una chica me dijo que una vez llegó cerca de la entrada y que alguien le pagó 50 dólares para que la dejara meterse a la fila.

Así que el lunes alrededor de las 3 PM, me encuentro a mi mismo apretado entre demasiadas personas en el taxi –incluyendo a un chico bisexual de 20 años que está usando unos lentes enormes y se parece a Paris Hilton– dirigiéndonos a toda velocidad al Old Miami. Me asignaron el escribir un review para la fiesta y mi corazón empieza a latir fuerte mientras nos acercamos y las palabras OLD MIAMI brillando en letras rojas pueden verse por fin.

Hay al menos 150 personas deslizándose por las banquetas y dando vuelta a la manzana. Todos han estado fiesteando por lo menos dos días y dos noches, y se nota.

Fotografía: El Old Miami. Vía Facebook.

Europeos barbones usando Fedoras y pashminas en sus cuellos, hombres musculosos en camisas de tirantes con slogans como "Detroit Fiestea Duro" y chicas con brillantina en el culo y pulseras con la mirada perdida bajo el sol, moviendo la cabeza automáticamente como robots al ritmo de la música que logra salir del venue.

La espera es tan larga que una chica que conozco dejó la fila varias veces para ir por cervezas y BBQ al Slows, un restaurante local popular. Tomé una profunda bocanada de aire y caminé hacia la puerta, diciéndole al tipo rudo de la entrada que estoy ahí para escribir una reseña de la fiesta y que tengo una conversación en Twitter con Troxler donde dice que no debería tener problema para entrar.

Pero el lugar está hasta la madre de lleno, y el cadenero me hace a un lado, diciéndome que me mueva lejos de su área. Pregunté si podía hablar con Seth y otro tipo de la puerta se acerca y ladra: "yo hago esta fiesta con Seth y no tiene un lista de invitados. No vas a entrar".

Entonces, de repente, vi ese característico Afro y la cara de Seth se asoma por la puerta. Se acerca a un hombre detrás de mi con un sombrero blanco y lentes. "¿Cuántas personas vienen contigo?" Preguntó Seth, el hombre detrás de mi llamó a sus amigos y pasaron todos a mi lado para entrar a la fiesta. "Ese es un DJ famoso", mencionó el chico de 20 años con el que venía. "¡Lo dejaría que me cogiera!"

Me acerqué a Seth y lo toqué en el hombro pero no pareció verme. Más tarde twiteó esto.

El cadenero me ladra que me mueva otra vez y siento las miradas perforadoras de todos en la línea viendo mis miserables intentos de explicar mi situación. De repente me doy cuenta de que ya me convertí en mi peor pesadilla: una raver sedienta tocando a una celebridad en el hombro, siendo ignorada y tratando de entrar al Alpha y Omega de las fiestas de tech house.

Me doy por vencida y le digo a mis amigos que la historia ha sido cancelada. Luego me doy cuenta rápidamente de que nada de la planeación que había echo para ir al evento, incluyendo los emails y mensajes de Troxler asegurándome de que todo estaría bien en la entrada, importaban.

De hecho, todo el peso social y la auto-aprobación que ponemos en el ser admitidos en una fiesta que es bastante sin sentido, se reduce a factores que tienen muy poco que ver contigo. En este caso, yo tuve una mala coordinación de tiempos –el venue estaba muy lleno, los cadeneros estaban haciendo su trabajo y no les importó el mío y me tocó estar frente a una celebridad justo cuando Troxler salió a la puerta.

Lo impredecible es lo hermoso y lo banal de la vida nocturna. Cuando te lanzas a ti mismo a un ambiente caótico de fiesta, es imposible saber a quien vas a conocer o qué te van a lanzar incluyendo botes de basura. Esa sensación, de que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento, es lo que me mantiene volviendo al rave. E incluso cuando una puerta se cierra en tu cara, otra se abre.

Después de esta decepción, mis amigos se fueron en diferentes taxis y yo me quedé caminando por la calle con el clon de 20 años de Paris Hilton. Después de unos minutos, nos paramos en la banqueta de un hermoso barrio con árboles, una escuela y casas familiares. Puse mi brazos alrededor de su cuello y nos besamos bajo el sol del atardecer escuchando los gritos de los niños que jugaban cruzando la calle.

Michelle Lhooq está en Twitter.